El monte de la Viorna señala
el acceso al valle de Camaleño, Val
de Baró, que está recorrido
por el río Deva, cuyo
nacimiento se sitúa a
los pies del macizo central de los Picos
de Europa y que
luego discurre paralelamente al macizo
oriental, o Macizo de Andara.
Por este valle se entra en el reino de la alta montaña,
donde las cumbres superan, con frecuencia, los 2.000 metros
de altura y donde la historia de este país se mezcla
con la leyenda, para estar a la altura del paisaje. Según
la tradición, en Cosgaya fueron aniquiladas las tropas
musulmanas que huían tras el enfrentamiento de Covadonga,
ayudando a tal derrota los desprendimientos de rocas que
una tormenta precipitó sobre el desarticulado ejército
del islam; en Las Ilces murió, entre las zarpas de
un oso, el rey astur Favila, hijo de don
Pelayo; y el propio
don Pelayo, así como su hijo (cuentan las crónicas
más proclives a lo legendario) nacieron en Cosgaya,
donde aún existen las casas
de don Pelayo o el campo
de Pleyo para recordarlo.
Es difícil dejar de recomendar la visita a cualquiera
de los 30 pueblos del municipio de Camaleño, pero
desde luego no debe pasarse por alto Mogrovejo, cuya fortificada
torre del siglo XV parece cobijar a sus pies el conjunto
de casas, en otros tiempos rodeadas de muralla. El pueblo
estuvo bajo la tutela de los condes
de Mogrovejo y de él
se dice que es el lugar de Liébana que más
veces ha sido pintado por artistas que visitan la comarca.
Tampoco estará de más dedicar un tiempo a conocer
Los Llanos y Treviño, aprovechar el paso por Cosgaya para reponer fuerzas y detenerse en Espinama para planear
el asalto a los Picos de Europa.
Llegados a Espinama, son dos las opciones para subir a los
Picos; porque subir, sea de un modo u otro, debe hacerse.
Continuando por carretera desde aquí se llega a Fuente
Dé, donde basta tomar el teleférico para, en
tres minutos, salvar el desnivel de casi 800 metros que hay
entre la base y el mirador de El
Cable. Pero si, por la razón
que sea, el viaje en teleférico no resulta apetecible,
se puede llegar hasta el mirador alquilando en Espinama los
servicios de un todo-terreno. Estos peculiares taxis de alta
montaña, que no tienen horario ni parada fija, hacen
su recorrido por la pista que utilizaban los camiones de
las minas de blenda que, durante años estuvieron en
explotación en la zona de Áliva. Fueron precisamente
estas minas y las vecinas del macizo
de Andara las que facilitaron,
con sus caminos mineros, las primeras incursiones que podrían
calificarse de turísticas en los Picos
de Europa.
Se produjeron éstas en el último tercio del
siglo XIX, siendo uno de los visitantes de excepción
el rey Alfonso XII quien, en los veranos de 1881 y 1882,
participó en caerías en la zona de Áliva,
atraído por especies cinegéticas tan apreciadas
como el oso y el rebeco. Años más tarde, entre
1905 y 1926, también vendría a Áliva,
Lloroza y Peña Vieja, Alfonso
XIII; el monarca, más
aficionado a la caza que su padre, aceptó y promovió la
creación, en 1905, del coto
real de los Picos de Europa,
origen de la Reserva de Caza de los Picos de Europa, en la
actualidad Parque Nacional de los
Picos de Europa.
Las visitas de Alfonso XIII dieron
lugar a que la Real
Compañía
Asturiana de Minas levantara, en 1912 y
con la intención
de alojarle dignamente, el llamado Chalé Real, la
primera construcción prefabricada que se instaló en
España y que aún hoy se conserva, en perfecto
estado, a los pies de Peña Vieja. Muy cerca del Chalé se
encuentra el Refugio de Áliva, moderno hotel que tiene
su origen en un refugio que funcionó como posada de
alta montaña hasta 1975, año en el que quedó destruido
por un incendio y sobre cuyas ruinas se levantó el
actual edificio.
Todo esto se encuentra en los llamados puertos
de Áliva,
zona de pastos de verano de alta montaña situada entre
los 1.500 y 1.800 metros de altitud, flanqueada hacia el
oeste por el murallón de Peña Vieja y hacia
el este por las estribaciones meridionales del macizo
oriental.
De los puertos de Áliva se sale ascendiendo por la
Horcadina de Cobarrobres, desde donde se llega, en menos
de un kilómetro, a la estación superior del
teleférico de Fuente Dé y al mirador
de El Cable.
Si se ha pasado de largo por Espinama con
la clara intención
de subir a los Picos utilizando
el rápido y cómodo
medio de transporte del teleférico,
se habrá llegado
a la base de éste adentrándose en la vega
de Naranco. Allí, en el imponente circo
(glaciar) de Fuente Dé,
muere la carretera y se encuentra el parador
de turismo de Fuente Dé, además de otras
instalaciones dedicadas a la hostelería.
El ascenso en el teleférico, como se ha dicho, dura
unos tres minutos; pero hay que tener en cuenta que en los
días de fiesta, sobre todo en verano y semana santa
y más si no se ha madrugado, es posible encontrarase
con la desagradable sorpresa de verse obligado a aguardar
más de hora y media de cola esperando que a uno le
toque su turno. En cualquier caso, la vista desde el mirador
de El Cable compensa con creces la espera; tanto que, si
en el último momento se siente miedo -si se prefiere,
simplemente, respeto- conviene recurrir al viejo truco de
tomarse media copa de orujo lebaniego y cerrar los ojos (metafóricamente
hablando, por supuesto), hasta llegar a la estación
superior; la otra mitad de la copa deberá reservarse
para la bajada.
El teleférico de Fuente Dé tuvo su precedente
en un cable que estuvo instalado en este mismo lugar desde
1903 por la compañía minera La
Vieja Montañesa y que durante años se utilizó para llegar hasta
Fuente Dé los cubos cargados con el mineral extraído
de Áliva.
Dejando a un lado las historias que dan origen y nombre al
mirador de El Cable, lo que debe hacerse es vencer la sensación
de vértigo y, asomándose a él, contemplar
hacia el este el Pico Valdecoro, hacia el sur, la vega
de Naranco; y hacia el oeste, Peña Remoña, el
collado de Liordes y el Pico
de la Padiorna. Después,
todo depende de las ganas de andar, los deseos de conocer
o el ansia de aventura. Si sólo se quiere dar un cómodo
paseo, se puede llegar hasta la Horcadina
de Cobarrobres y desde allí contemplar los puertos
de Áliva;
si se desea ver los rebecos, lo mejor es llegarse a la vega
de Liordes; y quien aspire a una experiencia más fuerte,
y esté debidamente entrenado, que intente ascender
hasta los 2.613 metros de Peña Vieja, la cumbre más
alta de Cantabria.
Estas tres sugerencias están muy lejos de terminar
con las innumerables posibilidades que los Picos
de Europa ofrecen al excursionista y visitante.